Cómo arruinarles la vida a tus hijos
Adela ya no quiere salir de compras con sus hijos pequeños, se siente
avergonzada y cree que está fallando como madre. Esteban se desvela cada
noche pensando cómo educar a sus hijos, que no paran de romper juguetes
y decir groserías. Dos familias distintas, un mismo problema: no saber
cómo ponerles límites; un mismo deseo: no arruinarles la vida. Poner
límites a los niños no es una tarea sencilla. Requiere amor, paciencia
y, sobre todo, persistencia.
Los
maestros y educadores de hoy enfrentan un gran problema: la necesidad
de enseñar lo académico a los niños y el urgente desafío de instruir en
materias como “no golpees a tus compañeros”, “no robes útiles de tus
amigos”, “no digas groserías a quien amas”. Esas materias son tan
importantes como Matemáticas, Lenguaje o Educación física. Pero el
horario escolar no alcanza. Años atrás los niños traían esas cosas
aprendidas desde el hogar. Saber decir “gracias”, “¿me prestas?”, “¿te
ayudo?”, era el patrimonio que los padres legaban a sus hijos; ahora
estos llegan a las escuelas huérfanos de amor, límites, espiritualidad y
valores. Y no hay locales comerciales que los vendan, ni tarjeta de
crédito que los promocione. Cuando alguien dice “qué vergüenza, esa
niña”, nadie piensa que la responsable de esa conducta haya sido la
maestra, sino que se piensa en la crianza en el hogar.
La clave de una educación trascendente y saludable comienza con el
trazado de límites. Algo que todos solemos confundir es la diferencia
entre necesidad y deseo. Una necesidad es algo imprescindible, y de no
satisfacerse se siente la falta o privación de algo, porque es esencial
para la vida. Existen necesidades funcionales y psicológicas.
Alimentarnos, satisfacer la sed, tener abrigo y refugio son necesidades
funcionales, porque el ser humano las requiere para sobrevivir. Las
psicológicas, por su parte, tienen que ver con las emociones o
sentimientos, como el amor, el sentido de pertenencia, el valor personal
o la autorrealización.
El deseo es la aspiración impetuosa de algo, y porque tiene que ver con
los impulsos puede ser postergado. No es lo mismo vivir para satisfacer
deseos que para satisfacer necesidades. Uno de los problemas más grandes
al respecto es convertir algunos deseos en necesidades, y empezar a
ascender la colina de la vida insatisfecha y atormentada. Veamos con
algunos ejemplos cotidianos la vinculación con el trazado de límites:
Berta tiene hambre; jugó toda la tarde con sus amigas. La madre de Berta
las invita a merendar. Sobre la mesa hay una jarra de leche con
chocolate y tostadas con mermelada. Berta hace un escándalo porque ella
quiere comer muffins. Se siente insatisfecha porque confunde necesidad
con deseo. Ahora, si su madre corre a comprar los muffins, Berta no
aprenderá a dominar sus deseos. Si su madre no le pone un límite claro
en cuanto a esto, su hija será del club de la vida amargada.
El marketing sabe muy bien este tipo de cosas, y por eso ejerce gran
influencia en el consumo. Si tienes sed sólo la satisfaces con tal
refresco, si necesitas ser aceptado sólo lo logras con tal celular;
porque los límites se han desdibujado y tanto niños como adultos suelen
desear aquello que la publicidad y sus pares recomiendan. Vivimos
insatisfechos, pero hemos olvidado, bajo las sábanas de la permisividad,
que los límites claros son origen y fuente de la paz mental.
Tenemos que reencontrar el sentido de educar en los límites.
Poner límites es educativo porque restringen el deseo, distinguiendo la realidad de la fantasía.
Nos definen como personas y nos ubican en la realidad, porque nos ayudan a saber quiénes somos y quiénes no.
Como padres debemos aprender a perder el miedo. Por lo general creemos
que al establecer límites los empobrecemos o los limitamos, porque a
veces toca nuestra historia de vida y no queremos que sufran. Durante la
infancia los niños viven bajo el principio del placer y su pensamiento
es mágico y omnipotente. Por eso los niños creen poder hacer todo.
Definir límites es darles la mano para aceptar la realidad, porque esta
no es tan manipulable como ellos desean. A medida que crecen comienzan a
darse cuenta de que la vida muchas veces dice no y, si no pueden
aceptarlo, vivirán resentidos y enojados.
Déjame compartirte algunas ideas:
1. Enséñale la diferencia entre necesidad y deseo.
2. Ayúdalo a que haga una lista de sus necesidades, y diseñen un plan para satisfacerlas. Este puede ser un modelo:
- Necesidades Básicas: tener una campera o abrigo nuevo.
- Necesidades Emocionales: que mis amigos no se burlen de mis lentes.
- Necesidades Espirituales: tener mi propia Biblia.
- Necesidades Vinculares: ser aceptado en el equipo de fútbol de la zona.
3. Invítalo a hacer una lista de deseos, un plan para satisfacerlos y, a
medida que pase el tiempo, adapten dicha lista a la realidad que están
viviendo, postergando los puntos que no sean prioritarios.
4. Recuérdale sus necesidades y sus deseos a la hora de hacer compras, o en cualquier momento que sea necesario.
6. Establece reglas o normas que deseas que obedezca, y aliéntalo cada vez que cumpla una de ellas.
7. Habla en tono suave, mirándolo a los ojos y a la altura del niño.
8. No grites, ten calma y ora antes de actuar, deja que tu corazón se llene del espíritu de paz.
9. Usa lenguaje sencillo y claro, por ejemplo, “a las diez apagamos la luz”.
10. Abrázalo para contenerlo si está enojado o con rabia.
No podemos hacer felices a nuestros hijos sin una ajustada dosis de
frustración, y reducir los deseos ayuda más que una palmada. Los límites
ayudan a endulzar el camino hacia la felicidad y los alejan de la senda
de la amargura.
Los límites, más que limitar a los niños, son el camino seguro y
confiable por el que pueden transitar hacia la meta de la felicidad. -
